¿Cómo reflejar en un escenario el caos intelectual, ético y político de estos primeros años del siglo veintiuno?
Si el ámbito privado se ve hoy dominado por la soledad y la frustración, el ámbito público tampoco es muy esperanzador: incertidumbre bélica y terrorista, aumento de las desigualdades, merma de las libertades civiles y una aplastante globalización del pensamiento único a través de los medios de comunicación.

Es precisamente en la línea divisoria entre estos dos terrenos, el público y el privado, donde se desarrolla la acción de El tiempo herido. A mitad de camino entre la soledad más absoluta y la comunicación global instantánea, en un mundo donde la civilización, más sólida que nunca, parece caerse a pedazos. Un mundo donde cualquier ciudad, en cualquier continente, puede verse convertida en un improvisado campo de batalla justo ahora. Un escenario donde el individuo de a pie, desprovisto por momentos de toda esperanza, sólo dispone de dos escudos frente al mundo: el compromiso con unos ciertos valores éticos y la capacidad para reírse de la eterna mezquindad humana. La risa, afortunadamente, todavía nos queda.