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Es
precisamente en la línea divisoria entre estos dos
terrenos, el público y el privado, donde se desarrolla
la acción de El tiempo herido. A mitad de camino entre
la soledad más absoluta y la comunicación global
instantánea, en un mundo donde la civilización,
más sólida que nunca, parece caerse a pedazos.
Un mundo donde cualquier ciudad, en cualquier continente,
puede verse convertida en un improvisado campo de batalla
justo ahora. Un escenario donde el individuo de a pie, desprovisto
por momentos de toda esperanza, sólo dispone de dos
escudos frente al mundo: el compromiso con unos ciertos valores
éticos y la capacidad para reírse de la eterna
mezquindad humana. La risa, afortunadamente, todavía
nos queda.

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