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Sotillo.
Él, un maestro liberal y progresista; ella, una mujer
intelectualmente ajada, de valores caducos en progresivo deterioro.
El posicionamiento de Delibes era obvio.
Ocurre que, teniendo ya más de un centenar de páginas
escritas, el autor vallisoletano releyó el material,
y comprendió que aquello jamás conseguiría
pasar la censura. Así las cosas, decidió reestructurar
la historia desde un nuevo ángulo: Mario acababa de
fallecer, y Carmen lo velaba la misma noche de su muerte.
Este único punto de vista narrativo transfiguró
la novela en una suerte de monólogo (mono-diálogo,
según Gonzalo Sobejano). Nacía Cinco horas
con Mario.
El
libro no sólo pasó la censura, sino que la España
más conservadora lo acogió con agrado. La España
liberal, también. Los intelectuales de izquierda habían
encontrado en aquellas palabras de Delibes algo en lo que
el régimen no había reparado, o no había
querido reparar: ironía.
De
esta peculiar forma Miguel Delibes consiguió eludir
la tijera franquista y trazó una hermosa, triste y
profundamente vitalista panorámica de la España
de los sesenta.
Siglo
XXI. Corren tiempos distintos. La censura ya no existe como
tal. En su lugar, un monstruo mucho más depravado contamina
el mundo de la palabra: la autocensura. Es el propio dramaturgo,
el propio novelista, el propio director quien levanta barreras
entre su pensamiento y su expresión. Quien, a partir
de unas normas nunca escritas, aplica la trama de lo políticamente
correcto a un discurso cada vez más aséptico,
más cómodo, y, por tanto, más muerto.
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