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"No es un muerto; es un ahogado."
Miguel Delibes, Cinco horas con Mario

1966. Miguel Delibes escribía las primeras páginas de la que había de ser su decimocuarta obra. La novela dibujaba los conflictos del matrimonio formado por Mario Díez Collado y Maria del Carmen

Sotillo. Él, un maestro liberal y progresista; ella, una mujer intelectualmente ajada, de valores caducos en progresivo deterioro. El posicionamiento de Delibes era obvio.

Ocurre que, teniendo ya más de un centenar de páginas escritas, el autor vallisoletano releyó el material, y comprendió que aquello jamás conseguiría pasar la censura. Así las cosas, decidió reestructurar la historia desde un nuevo ángulo: Mario acababa de fallecer, y Carmen lo velaba la misma noche de su muerte. Este único punto de vista narrativo transfiguró la novela en una suerte de monólogo (mono-diálogo, según Gonzalo Sobejano). Nacía Cinco horas con Mario.

El libro no sólo pasó la censura, sino que la España más conservadora lo acogió con agrado. La España liberal, también. Los intelectuales de izquierda habían encontrado en aquellas palabras de Delibes algo en lo que el régimen no había reparado, o no había querido reparar: ironía.

De esta peculiar forma Miguel Delibes consiguió eludir la tijera franquista y trazó una hermosa, triste y profundamente vitalista panorámica de la España de los sesenta.

Siglo XXI. Corren tiempos distintos. La censura ya no existe como tal. En su lugar, un monstruo mucho más depravado contamina el mundo de la palabra: la autocensura. Es el propio dramaturgo, el propio novelista, el propio director quien levanta barreras entre su pensamiento y su expresión. Quien, a partir de unas normas nunca escritas, aplica la trama de lo políticamente correcto a un discurso cada vez más aséptico, más cómodo, y, por tanto, más muerto.


Los pilares de esta autocensura ahondan en el mismo lugar donde se cimenta cualquier coacción: en el miedo. Y el miedo sólo es miedo cuando existe un castigo.