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Demasiado humano (los últimos días de Nietzsche) es el fruto de un largo proceso rastreando el drama vital y creativo del filósofo Friedrich Nietzsche hasta su encierro después de su hundimiento psíquico. Todo lo que el Nietzche personaje dice en la obra lo dijo en algún momento de su vida, aunque de modo fragmentario y aforístico. El Nietzsche enfermo terminal es en la obra un Quijote que lucha no contra los molinos imaginarios sino contra la tiranía de los conceptos y de los dogmas, a través de una aparente sencilla fábula moral que aglutina sucesos históricamente contrastados.
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Nietzsche, demasiado romántico, demasiado vital, sincero, lúcido, trágico, cómico; a martillazos contra quienes por tener sangre de rana dejan que se les escape esta vida, la única, y condenan a los que, como él, no se resignan, no se consuelan, no se someten. La venganza de Nietzsche contra las sombras que le acompañaron durante toda su vida se transforma en explosión de luz, pirotecnia mental, en estos últimos días de la vida del filosofo hechos teatro. Lejos de los apesadumbrados héroes de Esquilo, más cerca del estrafalario-gruñón Eurípides. Nietzsche es un espadachín que pincha las burbujas de las palabras para demostrarnos que están vacías. Dispara sus migrañas envenenadas contra su hermana, contra el bilioso psiquiatra, contra las faldas levantadas de la ley, contra la pesada carga del pecado. Invita a bailar a Dios, pero Dios está jugando a los dados. Escupe la sopa cadavérica de Platón pero se bebe cucharadas de Heráclito gracias a la tierna fidelidad de su vieja criada, Alvina. Salta al abismo del amor que no pudo tener, pero la cuerda se rompe y solo queda un lánguido sabor a vidrio mojado.
Nietzsche vivió y murió como quiso. Nos liberó de la culpa, nos legó su entusiasmo. “Yo soy entero cuerpo y nada más, -dice Zaratustra-, el alma es solamente una palabra que indica una pequeña parte del cuerpo”.
Que el espectador lo disfrute ahora. No es seguro que pueda hacerlo después. |
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